La abuela no olvidada

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¿Como es posible que se recuerde tanto a una abuela que no se conoció?

¿Por qué honrar su memoria tanto amor, si nunca la viste y te la has tenido que imaginar siempre?

Hoy he meditado hondamente mi caso y me ayudó a hacerlo el regreso del parque que lleva su nombre, María Dolores Núñez, su Fundo.

Es una experiencia espiritual incomparable recordarla sin haberla conocido. ¿Cómo era eso posible? Mis dos madres, Narcisa y Anadelia, fueron sus huérfanas; la perdieron apenas cinco y tres años de edad y, sin embargo, no pasó un día de su existencia sin sus menciones amorosas.

¿Cómo era esto posible, también? Pues ellas apenas la tuvieron.

Esas complejidades del alma las he tenido que debatir íntimamente desde pequeño. A nuestro admirado pariente Nicolás le propuse esa cuestión el día que oficiara la primera misa en el pequeño templo Jesús El Justo Eterno, de su parque, y le pregunté porqué esa familia mía, la Rodríguez Núñez, la de mi madre, era el ejemplo de unidad más asombroso, si habían perdido la madre siendo tan niños.

El Cardenal respondió: “Pienso que la tragedia que me contaste que los separó, siendo tan tiernos, fue la base de ese amor fraternal de que hablas. Ella sufrió tanto la muerte accidental de su primogénito Diego, me dices, que se negó a comer y ésto le trajo la tisis terrible de entonces y sus siete hijos fueron repartidos entre los tíos paternos. Me cuentas, además, que traían los niños para verla a distancia desde los lirios de su jardín y ella rezaba y los bendecía; todo ello los marcó para luchar en la vida juntos, al grado de que no fueron herederos en sentido estricto, porque todo siguió siendo común a todos hasta sus ancianidades.

Todo ello le ha sido transmitido a ustedes y por eso siguen siendo una familia fuerte y unida. Vincho, no dejes de observar los nombres de la matrona: María Virgen de la Cruz; la abuela María Dolores, tu madre Narcisa María, y otras muchas. Esto revela una devoción Mariana, que habla muy bien de su fé y de sus virtudes.”

He meditado mucho lo que me respondiera Nicolás, interpretando mis referencias familiares, de las cuales él quiso saber mientras oficiaba aquella inolvidable primera misa.

En días he vuelto más emocionado que nunca al parque de la Abuela y confieso que la experiencia, quizás por los momentos especiales de aflicción que vivimos, ha resultado la más conmovedora de toda mi vida.

Estoy tratando de transmitir esa leyenda familiar. A mis hijos y nietos les cuento: Ella fue una silente heroína; su esposo, mi abuelo, era hombre de trabajo admirable, pero sus vínculos de sangre dos figuras políticas importantes de nuestra historia lo arrastraron a la guerra y las luchas políticas de éstos.

Ella, madre de siete hijos, a los 29 años, supo recibir a los primos que se refugian del magnicidio del ´99 en su Fundo.

Ella los vio luego, cuatro años después, partir a todos desde allá hacia el exilio de más de un año en Cuba. Sabía que se habían enterrado las armas en los cacaotales levantados por el viejo Pancho desde el año ´67 del siglo anterior.

Lo que ella no presintió siquiera fue que su adorado primer hijo, Diego, de apenas 9 años, junto a un primito menor, serían llevados por la curiosidad a desenterrar los revólveres y, teniéndolos como inservibles, uno le destrozó la carótida al hijo bien amado.

Ella contrajo tisis por la debilidad deliberada de no comer, así lo imponía su tristeza, y murió en brazos de la matrona dueña del extenso hato, donde se allegaran los Rodríguez Vásquez a fomentar el cacao, viniendo desde Las Canarias remotas y pasando por la Estancia Nueva legendaria de Moca.

Ella encabezaba la resistencia a que su madre se expusiera al fatal contagio de aquella peste de entonces, pero se resignaba ante la abnegación de aquella matrona, María Virgen de la Cruz, que desobedeció a todo el mundo esta expresión repetida: “Yo la alumbré y yo cerraré sus ojos, pase lo que pase.”

En fin, traigo estas reminiscencias de que abrevé desde mis gritos lactantes, para dar gracias a Dios por permitir contarlo estremecido en honor a mis anónimas mayores, de las cuales me he sentido siempre enardecido.

Esa y no otra es mi estirpe: la del trabajo, el dolor, la abnegación y el sufrimiento. Mis heroínas desconocidas, como creyente y respetando el misterio, las recuerdo alborozo de sólo pensar que está cerca algún género de encuentro entre nuestras almas.

En horas difíciles de nuestro país, merodeando como están graves peligros, es cuando mejor he podido pensar en la importancia de retener valores como esos.

Creo que las raíces no están en la merecida fama de los muchos destacados de la familia en las lides públicas; por el contrario, siento un inmenso orgullo al pensar que procedo de esos vientres.

Nuestras mujeres han sido el más sentido centro de gravedad de la familia. Honra mucho honrarlas.



Fuente LD

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