Algo huele a podrido en la Policía

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Con la frase “Algo huele a podrido en Dinamarca”, pronunciada por el centinela Marcelo en la obra Hamlet de William Shakespeare, el escritor inglés intentó retratar la decadencia moral del Reino en esa nación.

Y, a través de años, la expresión ha sido usada para denunciar la corrupción estatal y la falta de ética de los funcionarios, así como para destacar que existe algo raro respecto a determinado acontecimiento.

Las tragedias de Shakespeare están marcadas por finales infelices, precisamente lo que aconteció al joven David de Santos cuando fue detenido en la plaza Ágora Mall y asesinado horas más tarde cuando se encontraba bajo custodia policial en el destacamento del ensanche Naco de la capital.

No se explica por qué hasta ahora solo ha circulado un extracto del vídeo que se grabó sobre la detención de De Santos, precisamente el momento en que se muestra violento frente al personal de seguridad de la plaza comercial que lo detuvo.

¿Qué se hizo la otra parte del vídeo? ¿Alguien lo borró? ¿La génesis del caso fue que una empleada de la plaza se sintió amenazada o algo más detrás del crimen? ¿Quién decidió que quedaría detenido sin cometer un delito grave? ¿Por qué policías no lo protegieron de sus compañeros de celda que lo masacraron? ¿Por qué rociar gas pimienta en una pequeña celda para controlar a un hombre esposado con las manos hacia atrás? 

Esas y otras interrogantes que mantienen el caso en medio de una nebulosa necesitan las respuestas del ministerio público “independiente” en que tanto confía gran parte de la sociedad dominicana, sí realmente queremos impulsar cambios profundos en la institución garante de seguridad y del orden público.

Ese hecho ocurrió días después de que falleciera en circunstancias similares el joven José Gregorio Custodio en un destacamento del municipio San José de Ocoa. Si ese caso hubiera recibido una respuesta rápida de las autoridades policiales y judiciales, quizás hubiese servido como muro de contención en el del joven De Santos, ocurrido apenas unos días después.   

Pero a raíz de esos dolorosos acontecimientos, casos parecidos ocurridos con más tiempo de antelación han salido a la luz pública, como el del peluquero Richard Báez, en Santiago, y del joven José Guillermo Méndez, en el destacamento de Las 800, en el sector Ríos de la capital.

Esos también permanecen sin respuestas, pero lo que realmente aterra es pensar cuántos casos de abusos policiales y crímenes en destacamentos quedaron apañados en el pasado, porque no teníamos las cámaras de seguridad y los celulares que ahora develan las inconductas de autoridades en cualquier lugar público o privado de público.

El propio presidente Luis Abinader reconoció la semana pasada una entrevista que antes ocurrían esos casos, pero la población ni se enteraba, y ahora sí porque se hacen virales en las redes sociales.

Aunque el mandatario declaró también que no tiene una varita mágica para cambiar los problemas y debilidades de la Policía Nacional, la desazón social por crímenes de ese jaez y el temor colectivo a una delincuencia cada día más osada, ameritan soluciones rápidas y contundentes, aunque para lograrlo el mandatario tenga que convertirse en un mago o prestidigitador.

No estamos frente a una comedia trágica fruto de la creatividad de Shakespeare, son acontecimientos muy dolorosos que han llenado de luto y dolor a familias dominicanas que ya enterraron a sus muertos, pero necesitan sentir el alivio de que se hizo justicia.

Pero lo más importante, evitar que casos similares toquen a las puertas de otras familias dominicanas. 

Algo huele a podrido en la Policía, y va más allá de taparse las narices hasta esperar que pase la ráfaga del hedor momentáneo.



Fuente LD

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